Islas soleadas cosas de playa para hacer

Como el principal puerto de entrada a la isla de Sulawesi, Makassar tiende a ser visto principalmente como una escala para Tana Toraja y el resto de los puntos críticos de Sulawesi; a veces queda fuera de los itinerarios indonesios por completo.. Pero irse de inmediato es un error: hay más cosas que hacer y ver en Makassar si le das más de un día de estadía. Cosas para hacer en la Costa Azul, Francia Escrito por Eliza Martinez; última actualización: ... pero hay mucho para hacer con los niños de todas las edades. Métete en las ciudades soleadas, cerca de las playas pedrosas e imagínate como uno más de la élite mientras pasas por los hoteles lujosos y los restaurantes elegantes. Durante esta excursión en tierra de 5 horas, pase 2 horas en la playa de Orient, donde podrá alquilar una silla y disfrutar de un cóctel tropical (por su propia cuenta). Diríjase a la playa de Maho para ver a los aviones jumbo sobrevolar y aterrizar en el aeropuerto cercano durante 2 horas. Incorporado en 1997 como 'La ciudad del sol y el mar' Sunny Isles Beach es la Riviera de Florida. Camine a lo largo de sus dos millas de playas de arena blanca y brillantes, y encontrará condominios opulentos, lujosas cabañas frente al mar y extensiones de arena vacías, perfectas para una escapada familiar tranquila o un viaje romántico para dos. Elige entre atracciones turísticas reconocidas mundialmente y puntos de interés, las mejoes actvidades gratuitas y cosas para hacer en Centro de Playa de las Americas. Descubre ciudades famosas, zonas en el campo, islas y resorts de playa con recomendaciones y consejos sobre visitas obligadas y consejos para hacer turismo. Desde las playas blancas de alabastro de Bermudas en el norte hasta el desierto cubierto de cactus en el interior de las Islas ABC en el sur, las calas azotadas por el viento y los arrecifes de surf de Dominica en el este hasta las puntas cubiertas de selva de Cuba y las Antillas en el oeste, el Caribe ha sido durante mucho tiempo un tesoro de cosas que hacer y ver.

El sentido del progreso desde mi obra - Miguel Delibes

2014.08.31 13:11 campesin El sentido del progreso desde mi obra - Miguel Delibes

Discurso leído por Miguel Delibes Setién el 25 de mayo de 1975 en el acto de su recepción en la Real Academia de la Lengua
MI CREDO
Cuando escribí mi novela El camino, donde un muchachito, Daniel el Mochuelo, se resiste a abandonar la vida comunitaria de la pequeña vi lla para integrarse en el rebaño de la gran ciudad, algunos me tacharon de rea ccionario. No querían admitir que a lo que renunciaba Daniel el Mochuelo era a convertirse en cómplice de un progreso de dorada apariencia pero absolutamente irracional.
Posteriormente mi oposición al sentido moderno del progreso y a las relaciones Hombre-Naturaleza se ha ido haciendo más acre y radical hasta abocar a mi novela Parábola del náufrago, donde el poder del dinero y la organización -quintaesencia de este progreso- termina por convertir en borrego a un hombre sensible, mientras la Naturaleza mancillada, harta de servir de campo de experiencias a la química y la mecánica, se alza contra el hombre en abierta hostilidad. En esta fábula venía a sintetizar mi más honda inquietud actual, inquietud que, humildemente, vengo a compartir con unos centenares -pocos- de naturalistas en el mundo entero. Para algunos de estos hombres la Humanida d no tiene sino una posibilidad de supervivencia, según declararon en el Ma nifiesto de Roma: frenar su desarrollo y organizar la vida comunitaria sobre ba ses diferentes a las que hasta hoy han prevalecido.
De no hacerlo así, consumaremos el suic idio colectivo en un plazo relativamente breve. Su razonamiento es simple. La industria se nutre de la Naturaleza, y la envenena y, al propio tiempo, propende a desarrollarse en complejos cada vez más amplios, con lo que día llegará en que la Naturaleza sea sacrificada a la tecnología. Pero si el hombre precisa de aquélla, es obvio que se impone un replanteamiento. Nace así el Manifiesto para la Superviven cia, un programa que, pese a sus ribetes utópicos, es a juicio de los firmantes la única alternativa que le queda al hombre contemporáneo. Según él, el hombre debe retornar a la vida en pequeñas comunidades autoadministradas y autosuficientes, los países evolucionados se impondrán el «desarrollo cero» y procurarán que los pueblos atrasados se desarrollen equilibradam ente sin incurrir en sus errores de base. Esto no supondría renunciar a la técnic a, sino embridarla, someterla a las necesidades del hombre y no imponerla como meta. De esta manera, la actividad industrial no vendría dictada por la sed de poder de un capitalism o de Estado ni por la codicia veleidosa de una minoría de gr andes capitalistas. Sería un servicio al hombre, con lo que automáticamente dejarí an de existir países imperialistas y países explotados. Y, simu ltáneamente, se procuraría armonizar naturaleza y técnica de forma que ésta, aprovechando lo s desperdicios orgáni cos, pudiera cerrar el ciclo de producción de una manera racional y ordenada.
Tales conquistas y tales frenos, de los cu ales apenas se advierten atisbos en los países mejor organizados, imprimirían a la vida del hombre un sentido distinto y alumbrarían una sociedad estable, donde la economía no fuese el eje de nuestros desvelos y se diese preferencia a ot ros valores específicamente humanos.
Esto es, quizá, lo que yo intuía vagamente al escribir mi novela El camino en 1949, cuando Daniel, mi pequeño héroe, se resistía a integrarse a una sociedad despersonalizada, pretendidamente progre sista, pero, en el fondo, de una mezquindad irrisoria. Y esta intuición, cuyos principios, auténticamente revolucionarios, fueron luego formulados por un plantel respetable de sabios humanistas, es lo que indujo a algunos co mentaristas a tachar de reaccionaria mi postura. Han sido suficientes cinco lustros para demostrar lo contrario, esto es, que el verdadero progresismo no estriba en un desarrollo ilimitado y competitivo, ni en fabricar cada día más cosas, ni en inventar necesidades al hombre , ni en destruir la Naturaleza, ni en sostener a un tercio de la Humanidad en el delirio del despilfarro mientras los otros dos tercios se mueren de hambre, sino en racionalizar la utilización de la técnica, facilitar el acceso de toda la comunidad a lo necesario, revitalizar los valores humanos, hoy en cris is, y establecer las relaciones Hombre- Naturaleza en un plano de concordia.
He aquí mi credo y, por hacerlo compre nder, vengo luchando desde hace muchos años. Pero, a la vista de estos postul ados, ¿es serio afirmar que la actual orientación del progreso es la congruen te? Si progresar, de acuerdo con el diccionario, es hacer adelanta mientos en una materia, lo procedente es analizar si estos adelantamientos en una materia impl ican un retroceso en otras y valorar en qué medida lo que se avanza justifica lo que se sacrifica.
El hombre, ciertamente, ha llegado a la Luna pero en su organización político-social continúa anclado en una ardua disyuntiva: la explotación del hombre por el hombre o la anulación del individuo por el Estado . En este sentido no hemos avanzado un paso. Los esfuerzos inconexos de alguno s idealistas -Dubcek 1968 y Allende 1973- no han servido prácticamente de nada. A pesar de nuestros avances de todo orden en política, la experimentación constituye un privilegio más de los fuertes. Perfil semejante, aún más negativo, nos ofrece el tan cacareado progreso económico y tecnológico. El hombre, arrullado en su comfortabilidad, apenas se preocupa del entorno.
La actitud del hombre contemporáneo se as emeja a la de aquellos tripulantes de un navío que, cansados de la angostura e in comodidad de sus camarotes, decidieron utilizar las cuadernas de la nave para ampliar aquéllos y amueblarlos suntuosamente. Es incontes table que, mediante esta actitud, sus particulares condiciones de vida mejorarí an, pero, ¿por cuánto tiempo ? ¿Cuántas horas tardaría este buque en irse a pique -arrastrando a culpables e inocentes- una vez que esos tripulantes irresponsables hubieran destruido la arquitectura general de la nave para refinar sus propios compartimientos?
He aquí la madre del cordero. Porque ah ora que hemos visto su ficientemente claro que nuestro barco se hunde -y a tratar de aclararlo un poco más aspiran mis palabras-, ¿no sería progresar el admitirlo y aprontar los oportunos remedios para evitarlo?
El hombre, obcecado por una pasión domi nadora, persigue un beneficio personal, ilimitado e inmediato y se desentiende del futuro. Pero, ¿cuál puede ser, presumiblemente, ese futuro? Negar la posibilidad de mejorar y, por lo tanto, el progreso, sería por mi parte una ligereza; condenarlo, una neceda d. Pero sí cabe denunciar la dirección torp e y egoísta que los rectores del mundo han impuesto a ese progreso.
Así, quede bien claro que cuando yo me refiero al prog reso para ponerlo en tela de juicio o recusarlo, no es al progreso estabilizador y humano -y, en consecuencia, deseable- al que me refiero, sino al sentido que se obstinan en imprimir al progreso las sociedades llamadas civilizadas.
1 EL PROGRESO CONTRA EL HOMBRE
Todos estamos acordes en que la Ciencia ap licada a la tecnología ha cambiado, o seguramente sería mejor decir revolucionado, la vida mo derna. En pocos años se ha demostrado que el ingenio del hombre, como sus necesidades, no tienen límites.
El espíritu de invención y el refinamien to de lo inventado arrumban objetos que hace apenas unos años nos parecían insupe rables. En la actualidad disponemos de cosas que no ya nuestros abuelos, sino nu estros padres hace apenas cinco lustros hubieran podido imaginar. El cerebro humano camina muy de prisa en el conocimiento de su entorno. El control de las leyes físicas ha hecho posible un viejo sueño de la Humanidad: someter a la Naturaleza.
No obstante, todo progreso, todo impuls o hacia delante comporta un retroceso, un paso atrás, lo que en términos cinegé ticos, jerga que a mí me es muy cara, llamaríamos el culatazo. Y la Física nos dice que este culatazo es tanto mayor cuanto más ambicioso sea el lanzamiento. Esto presupone que tanto la técnica como la Química, como muchos remedios de botica, sabemos lo que quitan pero ignoramos lo que ponen, siquiera no se nos oculta que, en muchas ocasiones, el envés de aquéllas, sus aspectos negativos, se emparejan, cuando no superan, a los aspectos positivos.
Pongamos por caso el DDT. Este descubr imiento alivió, como es sabido, a los soldados de la Segunda Guerra Mundial de la plaga de los parásitos y, una vez firmada la paz, su aplicación en la lucha contra la malaria y otras enfermedades tropicales confirmó su eficacia. La Humanidad no ocultó su entusiasmo; al fin estaba en camino de encontrar la panace a, el remedio para sus males. Bastaron, sin embargo, unos pocos años para descubrir la contrapartida, esto es, los efectos del culatazo.
Hoy, incluso los escolares de buena parte del mundo saben que este insecticida, en virtud de un proceso que ya nos resulta fa miliar se ha incorporado a los organismos animales sin excluir al hombre hasta el punto de que análisis de la leche de jóvenes madres efectuados por biólogos compañer os de mis propios hijos han demostrado que nuestros lactantes son amamantados, en proporción no desdeñable, con DDT. Los suecos, gente amante de las estadísticas, nos dicen que la leche de algunas madres de aquel país contiene un 70 % más de insecticida que el nivel tolerado por la Salubridad Pública para la leche de vaca.
Algo semejante cabría de cir de algunas conquistas técnicas encaminadas a satisfacer los viejos anhelos de ubicui dad del hombre: automóviles, aviones, cohetes interplanetarios. Tales invenciones aportan, sin duda, ventajas al dotar al hombre de un tiempo y una ca pacidad de maniobra impensables en su condición de bípedo, pero, ¿desconocemos, acaso, que un aparato supersónico que se desplaza de París a Nueva York consume durante la s seis horas de vuelo una cantidad de oxígeno aproximada a la que, durante el mismo tiempo, ne cesitarían 25.000 personas para respirar?
A la Humanidad ya no le sobra el oxígen o, pero es que, además, estos reactores desprenden por sus escapes infinidad de pa rtículas que interfieren las radiaciones solares, hasta el punto de que un equipo de naturalistas desplazado durante medio año a una pequeña isla del Pacífico para estudiar el fenómeno, informó en 1970 al Congreso de Londres, que en el tiempo que llevaban en funcionamiento estos aviones, la acción del Sol luminosa y calorífica había decrecido aproximadamente en un 30 %, con lo que, de no adoptarse el oportuno correctivo, no se descartaba la posibilidad de una nueva glaciación.
Pero, ¿y la Medicina?, argüirán los op timistas. ¿También tiene usted alguna objeción que hacer al desarrollo de la Me dicina? ¿No se ha doblado, en un breve lapso, el promedio de la vida humana? ¿No nos anuncian cada día los periódicos, con grandes titulares, nuevo s triunfos sobre el dolor y la muerte? Esto es incontestable. He aquí un punto en el que negar el progreso sería negar la evidencia.
Las conquistas de la Medicina y la Higiene en el último período histórico no sólo son plausibles sino pasmosas. Las enfermedad es infecciosas han sido prácticamente erradicadas y se han conseguido notables progresos en aquellas otras de origen genético. Todo esto, repito, es incuestionable.
Empero la contrapartida de estos éxitos también se da, y aunque parezca paradójico, deriva de su misma eficacia . La Medicina en el último siglo ha funcionado muy bien, de tal forma que ho y nace mucha más gente de la que se muere. La demografía, entonces, ha es tallado, se ha producido una explosión literalmente sensacional. A una población estancada hasta el siglo XVII en 600 o 700 millones, ha sucedido un crecimiento le nto pero inexorable, hasta conseguir, tras el descubrimiento de los antibióticos, doblarla en los últimos treinta años. Esto supone que, prescindiendo de posibl es nuevos avances en este campo, y ateniéndonos al: ritmo alcanzado, la po blación mundial se duplicará cada seis lustros, lo que equivale a decir que los 3.500 millones de personas de 1970, se convertirán en 56.000 antes de finalizar el siglo XXI, esto es, si no yerro en la cuenta, la población actual, más o menos, multiplicada por catorce.
La pregunta irrumpe sin pedir paso: ¿va a dar para tantos la despensa? Si este progreso del que hoy nos jactamos no ha conseguido atenuar el hambre de dos tercios de nuestros semejantes, ¿qué se puede esperar el día, que muy bien pueden conocer nuestros nietos, en que por cada hombre actual haya catorce sobre la Tierra?
La Medicina ha cumplido con su deber; pero al posponer la hora de nuestra muerte, viene a agravar, sin quererlo, los problema s de nuestra vida. La Medicina, pese a sus esfuerzos, no ha conseguido cambiarn os por dentro; nos ha hecho más pero no mejores. Estamos más juntos -y aún lo estaremos más- pero no más próximos.
2 HOMBRES ENCADENADOS
Para nuestra desgracia, el culatazo del progreso no sólo empaña la brillantez y eficacia de las conquistas de nuestra era. El progreso comporta -inevitablemente, a lo que se ve- una minimización del ho mbre. Errores de enfoque han venido a convertir al ser humano en una pieza má s -e insignificante- de este ingente mecanismo que hemos montado. La tecnocra cia no casa con eso de los principios éticos, los bienes de la cultura humanista y la vida de los sentimientos.
En el siglo de la tecnología, todo eso no es sino letra muerta. La idea de Dios, y aun toda aspiración espiritual , es borrada en las nuevas generaciones -seguramente porque la aceptación de estos principios no enalteció a las precedentes- mientras los estudios de Humanidades, por ceñirme a un punto concreto, sufren cada día, en todas partes, una nueva humillación. Es un hecho que las Facultades de Letras sobreviven en los países más adelantado s con las migajas de un presupuesto que absorben casi íntegramente las Facultades y Escuelas técnicas.
En este país se ha hablado de suprimir la literatura en los estudios básicos - olvidando que un pueblo sin literatura es un pueblo mudo- porque, al distraer unas horas al alumnado, distancia la consecución de unas cimas científicas que, conforme a los juicios de valor vigentes, resultan más rentables. Los carriles del progreso se montan, pues, sobre la idea del provecho, o lo que es lo mismo, del bienestar. Pero, ¿en qué consiste el bienestar? ¿Qué entiende el hombre contemporáneo por «estar bien»?
En la respuesta a estas interrogantes no es fácil el acuerdo. Ello nos desplazaría, por otra parte, a ese otro complejo problema de la ocupación del ocio. Lo que no se presta a discusión es que el «estar bien » para los actuales rectores del mundo y para la mayor parte de los humanos, cons iste, tanto a nivel comunitario cómo a niveles individuales, en disp oner de dinero para cosas. Sin dinero no hay cosas y sin cosas no es po sible «estar bien» en nuestros días.
El dinero se erige así en símbolo e ídolo de una civilización. El dinero se antepone a todo; llegado el caso, inclus o al hombre. Con dinero se montan grandes factorías que producen cosas y con dinero se adquie ren las cosas que producen esas grandes factorías. El hecho de que esas cosas sean necesarias o superfluas es accesorio. El juego consiste en producir y consumir; de tal modo que en la moderna civilización, no sólo se considera honesto sino inteli gente, gastar uno en producir objetos superfluos y emplear noventa y nueve en persuadirnos de que nos son necesarios.
Ante la oportunidad de multiplicar el dinero -insisto, a todos los niveles-, los valores que algunos seres aún respetamos, son sacrificados sin vacilación. Entre la supervivencia de un bosque o una laguna y la erección de una industria poderosa, el hombre contemporáneo no se plante a problemas: optará por la segunda. Encarados a esta realidad, nada pued e sorprendernos que la corrupción se enseñoree de las sociedades modernas. El viejo y deplorable aforismo de que cada hombre tiene su precio alcanza así un sentido literal, de plena y absoluta vigencia, en la sociedad de nuestros días.
Esta tendencia arrolladora del progreso se manifiesta en todo s los terrenos. Yo recuerdo que allá por los años 50, un ridículo concepto de la moral llevó a este país a la proscripción de las playas mixtas y la imposición del albornoz en los baños públicos para preservar a los españole s del pecado. Se trataba de una moral pazguata y atormentada, de acuerdo, pero, era la moral que oficialmente prevalecía. Fue suficiente , empero, el descubrimient o de que el desnudismo aportaba divisas para que se diera paso franco a la promiscuidad soleada y al «bikini». El dinero triunfaba también sobre la moral.
Y ¿qué decir de los trabajos rutinarios, embrutecedores, sobre los que se organiza hoy la gran industria?
La eficacia, la producción espectacular -o, lo que es lo mismo, el dinero- se antepone igualmente a la integridad y la dignidad humanas. Fabricar un hombre es una actividad infinitamente más sencilla y agradable que fabricar un automóvil, con lo que nunca ha de faltar el recambio para un hombre inutilizado. Sobre esta base, nace y se extiende la fabricación en se rie, en cadena, dónde no cuentan más que los resultados. Las nobles advertencias de Charles Chaplin al respecto, en el primer tercio del siglo, es decir cuando aún era tiempo de reflexión, quedaron como una obra de arte, sin ningun a trascendencia práctica.
Así, paralelamente a la producción de cosas, se iban produciendo frustraciones también en cadena. La serie facilita una compensación pendul ar: si, por un lado, destruye al hombre al anular su amor por la obra bien hecha, por el otro, facilita la consecución de esa obra y esto, cerrar el cicl o, es lo que en definitiva interesa al orden económico de nuestro ti empo. El hecho de que la serie fabrique, de rechazo, hombres en serie y la cadena, hombres en cadenados, no nos desazona porque no interrumpe la marcha del progreso.
Simultáneamente, el desarroll o exige que la vida de estas cosas sea efímera, o sea, se fabriquen mal deliberadamente, supuesto que el desarrollo del siglo XX requiere una constante renovación para evitar que el monstruoso mecani smo se detenga. Yo recuerdo que antaño se nos incitaba a co mprar con insinuaciones macabras cuando no aterradoramente escatológicas: «Este traje le enterrará a usted», «Tenga por seguro que esta tela no la gasta».
Hoy no aspiramos a que ningún traje nos enti erre, en primer lugar porque la sola idea de la muerte ya nos estremece y, en segundo, porque unas ropas vitalicias podrían provocar el gran cola pso económico de nuestros días.
Con la superfluidad es, por tanto, la fungibilidad la nota característica de la moderna producción, porque, ¿qué suce dería el día que todos estuviéramos servidos de objetos perdurables? La gran crisis, primero, y, después el caos. Apremiados por esta exigencia, fabricamos , intencionadamente, telas para que se ajen, automóviles para que se estropeen, cuchillos para que se mellen, bombillas para que se fundan.
Es la civilización del consumo en estado puro, de la incesante renovación de los objetos -en buena parte, innecesarios- y, en consecuencia, del desperdicio. Y no se piense que este pecado -gra ve sin duda- es exclusivo de l mundo occidental puesto que, si mal no recuerdo, Kruschev decl araba en sus horas altas de 1955 que la meta soviética era alcanzar cuanto antes el nivel de consumo americano. El primer ministro ruso venía a reconocer así que si el delirio consumista no había llegado a la URSS no era porque no quisiera sino porq ue no podía. Sus aspiraciones eran las mismas.
En rigor, ambas sociedades, la oriental y la occidental, no son fundamentalmente diferentes, en este punto.
Aceptado lo antedicho, no parece gratuito afirmar que, salvo en unos millares de científicos y hombres sensibles repartidos por todo el mundo, el progreso se entiende hoy de manera análoga en todas partes. El desarrollo humano no es sino un proceso de decantación del material ismo sometido a una aceleración muy marcada en los últimos lustros.
Al teocentrismo medieval y al antropoc entrismo renacentista ha sucedido un objeto-centrismo que, al eliminar todo se ntido de elevación en el hombre le ha hecho caer en la abyeccíón y la egolatría.
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